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lunes, 3 de diciembre de 2018

María y el Adviento.

     Decir María es decir Adviento, es decir espera en esperanza. Es la figura y el modelo único e irrepetible. Por eso se afirma, y cada vez, en buena hora, con más convicción, que el tiempo de María es este, el del Adviento.
     La liturgia nos ofrece referencias continuas a la presencia de María en la etapa de las promesas. Desde la aplicación a María de la primera promesa en el paraíso, como la mujer de cuya descendencia nacerá la victoria contra el maligno (primera lectura de la fiesta de la Inmaculada, Gén 3, 9-15.20) hasta el momento culminante en el que San Mateo nos cuenta la concepción virginal de Cristo en María (Mt 1, 18-25).
     Además, la Iglesia dedica a la figura de María las celebraciones de los siguientes días: el domingo cuarto, al completo; y a partir del 17 de diciembre, directa o indirectamente, aparece prácticamente en todas las celebraciones litúrgicas.
     Queda por añadir la fiesta de la Inmaculada Concepción el 8 de diciembre, que también adquiere su significado pleno y auténtico en este marco de la espera al que fue concebido por obra del Espíritu en las purísimas entrañas de María.

lunes, 27 de noviembre de 2017

Comenzamos el tiempo de Adviento 2017: La misión empieza en casa.


     ¡Feliz Año Nuevo Cristiano!
     Comenzamos un nuevo ciclo litúrgico, el Ciclo B, y lo hacemos con la celebración del tiempo de Adviento. En nuestra Diócesis de Canarias con el lema "La misión empieza en casa".
Además de profundizar en la dimensión de la esperanza cristiana, que nos dice que nuestra fe no es inútil y sin sentido, sino que sabemos de donde venimos y hacia donde vamos, porque Dios nos lo ha relevado en Jesucristo, queremos poner el acento también en la dimensión misionera de la Iglesia, en la evangelización. Mientras que nosotros ya hemos conocido el motivo central de nuestra esperanza, Jesús de Nazaret, hemos de tener en cuenta que muchos otros hermanos nuestros viven todavía en "Adviento", esperando aquello que todavía no conocen y que nosotros por nuestra condición de bautizados, y por haber conocido la misericordia de Dios, haber descubierto a Jesús en nuestra vida, haber experimentado el encuentro con él y vivir la fecundidad que produce este encuentro, debemos presentarlo y darlo a conocer a aquellos que aún esperan sin saber qué y a quien.
    En este Adviento se ha querido dar una importancia central al papel misionero y evangelizador de la familia. La familia es el entorno privilegiado, no solo para el crecimiento de la fe, la espiritualidad y los valores religiosos, sino sobre todo, de todos aquellos principios y valores que nos definen a cada uno como persona. No debemos olvidar que antes de las creencias religiosas está siempre la persona.
    Al comienzo del Adviento del pasado año compartí una reflexión personal en la que dibujaba estas cuatro semanas como el tiempo apropiado para mirar al pasado recordando y agradeciendo todas las maravillas que Dios ha hecho por su pueblos, del que todos formamos parte, desde la primera obra de la creación, para mirar al futuro con esperanza sabiendo que Dios, en Jesucristo, nos ha prometido prepararnos un lugar junto a él y volver a buscarnos y con la confianza plena de que Dios siempre cumple sus promesas. Pero sobre todo, para mirar al presente con la luz del Espíritu Santo y saber descubrir a Jesús que viene cada día a nuestra vida y quiere encontrarse con nosotros en la Palabra, en los sacramentos, principalmente en la reconciliación y la Eucaristía, en los acontecimientos de nuestra vida y de la vida del mundo y en cada persona, especialmente en nuestros hermanos más débiles.
    Al comenzar este Adviento 2017 damos un paso más en la reflexión que compartimos. Para poder descubrir a Jesús que sale a nuestro encuentro, tenemos que haber experimentado de nuevo el amor y la misericordia de Dios. Él nos ha amado primero, por eso nosotros somos capaces de amar; él no deja nunca de buscarnos, por eso somos capaces de descubrirlo; Dios toma siempre la iniciativa, por eso tenemos que vivir en actitud de humildad, que no debemos confundir con la sumisión o la anulación. Al contrario, la humildad consiste en saberse amado por Dios y necesitado de su amor.
La persona que desde la humildad ha experimentado la misericordia de Dios, ofrece como respuesta una confianza plena y un total abandono en sus manos. Porque sabemos que quien nos ama tanto no nos va a abandonar nunca.
La persona que es capaz de experimentar esa confianza y de entregarse con total tranquilidad y seguridad en las manos de Dios, hace que su vida sea de una gran fecundidad, y hace fecunda también la vida de los demás. Esto ocurre, por ejemplo, con aquellas personas que viven de verdad y en profundidad la espiritualidad del corazón de Jesús, que es humildad, amor y misericordia, confianza y abandono y una gran fecundidad.
    Pidamos al Señor, por medio de María, la gran protagonista del Adviento, que nos conceda la gracia de ir cultivando cada día más en nuestra vida estas realidades, para poder experimentar un verdadero, profundo y fecundo encuentro con él en la Nochebuena.

    Desde el Secretariado de Liturgia y siguiendo el Plan Diocesano de Pastoral, nos proponen reflexionar y orar cada domingo de Adviento por los diversos miembros de la familia. Para ello nos vamos a apoyar en diferentes catequesis del Papa Francisco.

1º domingo de Adviento - 3 de diciembre
DIOS ELIGIÓ NACER EN UNA FAMILIA 
2º domingo de Adviento - 10 de diciembre
ABUELOS, RESERVA DE LA SABIDURÍA DE UN PUEBLO 
3º domingo de Adviento - 17 de diciembre
LOS HIJOS: VIDA QUE SE MULTIPLICA 
4º domingo de Adviento - 24 de diciembre
PADRES, MADRES: CUSTODIOS Y MEDIADORES DE LA FE

Por Sofía Calderín.
Redactora de la Hoja Parroquial.


viernes, 23 de junio de 2017

Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús

Durante la Cuaresma compartí una reflexión sobre el Sacramento de la Reconciliación. Hoy vuelvo a ofrecerte uno de los puntos de dicha reflexión que te puede ayudar a profundizar y vivir mejor esta fiesta tan entrañable y tan importante para los cristianos.

El sacramento de la Reconciliación, fruto de la verdadera devoción al corazón de Jesús.

     Muchos son los santos, como el Padre Pío y otros tantos, que han profesado, experimentado o compartido una profunda devoción al Corazón de Jesús. De entre todos ellos, destaca sin duda, Santa Margarita María de Alacoque, con la devoción de los nueve primeros viernes. En nuestro tiempo no han dejado de surgir nuevas formas de expresar la devoción al Corazón de Cristo, como por ejemplo la devoción a la Divina Misericordia.
     Pero la verdadera devoción al Corazón de Jesús es la misma devoción de la propia Iglesia, de la cual nace todas las formas particulares de expresarla. Te ofrezco a continuación algunos textos de la Palabra de Dios que describen como es el corazón de Dios y como es su amor, que se manifestado en Jesús: 
Jn 13, 21-25: en la Última Cena, Juan el discípulo amado se inclina sobre el pecho de Jesús, característica de la misma devoción al corazón de Cristo, apoyarse y abandonarse en él, como puerta siempre abierta del corazón del Padre. Las Puertas de la Misericordia de nuestras catedrales y basílicas, la puerta de la Misericordia de Dios, el corazón de su hijo, está siempre abierta). 
Jn 19, 25-27: el amor del Corazón de Jesús no es exclusivo de una determinada religión o grupo, sino que se extiende a toda la humanidad. Cuando en la cruz entregó su madre al discípulo amado, no la llamó por su nombre María, sino que la llamó mujer, para escenificar que ya no solo le pertenecía a él como madre, sino que pertenece como madre a toda la humanidad. Desde nuestros primeros padres Adán y Eva hasta cada uno de nosotros, representada en el discípulo amado.
Jn 19, 31-34: del costado abierto de Jesús brotó agua y sangre. Su corazón es un manantial inagotable de agua viva, al que todos estamos llamados a acercarnos para calmar la sed que las cosas del mundo no consiguen apagar. El corazón abierto es la fuente del bautismo.
Lc 15, 1-32: en las parábolas de la misericordia (El hijo pródigo, La oveja perdida y La moneda perdida) encontramos dos nuevas características del amor de Dios mostrado en Jesús. Dios nos ama a cada uno de forma personal, no de forma genérica, de forma única e irrepetible. De ahí que en las parábolas se hable de uno de los hijos, una de las ovejas y una moneda. La alegría de Dios por la cercanía de cada uno de sus hijos, por su conversión, es también personal, única e irrepetible, como se expresa en las parábolas: <<Este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, preparemos un banquete de fiestas porque lo hemos encontrado>>, <<Tomo sobre sus hombros la oveja perdida e hizo una fiesta con sus vecino y conocidos por haberla encontrado, <<Compartió su alegría por haber recuperado la moneda que se le había perdido>>. El amor de Dios y su alegría por cada uno de nosotros es único, como el amor de una madre por cada uno de sus hijos. San Juan Pablo II dijo en una ocasión como forma de expresar esta realidad, que una madre no pare cinco hijos, sino que pare un hijo cinco veces.
 Hch 9: el amor del Corazón de Jesús es un amor que se preocupa por sus hermanos, por la humanidad. Cuando Saulo se encuentra con Jesús por el camino de Damasco y le pregunta que por qué lo persigue, añade <<Soy Jesús a quien tú persigues>>. Evidentemente Saulo no perseguía a Jesús, que ya había subido al cielo, sino perseguía a los cristianos, los discípulos de Jesús. Por tanto el corazón de cristo es un corazón preocupado e identificado con el corazón de las personas. 
Flp 2,5: este breve y profundo versículo de la carta de Pablo a los Filipenses, resume de forma extraordinaria cual debe ser el sentido y la finalidad de la verdadera devoción al Corazón de Jesús, tener en nosotros los mismos sentimientos que él, su misma mirada, su misma escucha, sus mismas palabras, sus mismos gestos y su mismo amor. A la hora de revisar como estamos viviendo nuestra devoción al Corazón de Cristo, este breve versículo es sin duda la mejor luz. 
Mt 25, 31-46: la verdadera devoción al Corazón de Jesús después de llevarnos a una profunda conversión, haciendo nuestra vida lo más idéntica a la suya, debe tener alguna consecuencia la contemplación y entrega a los hermanos expresada mediante las Obras de Misericordia, que enumera el Evangelio de Mateo, por medio de muchísimas otras que pueden estar a nuestro alcance para buscar siempre el bien de los hermanos, que es a fin de cuenta buscar también nuestro bien.

Demos gracias a Dios, nuestro Padre,
por el infinito amor que nos ha mostrado
en el Corazón de su Hijo Jesús.
Oh Dios Padre, Dios con corazón:
Tú has hecho visible tu amor en tu Hijo, 
hombre como nosotros excepto en el pecado,
y por medio de él te has unido a nosotros
con un vínculo de amor fiel.
Acepta nuestra acción de gracias
y ayúdanos a reflexionar sobre tu mismo amor,
para que, como tú y como tu Hijo Jesús,
no tengamos miedo de mostrar 
afecto y preocupación por nuestros hermanos
y de prestarles generoso servicio
aunque el hacerlo nos traiga inconvenientes.
Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor.
Amén.

Por Sofía Calderín.
Redactora de la Hoja Parroquial.

miércoles, 22 de marzo de 2017

Sacramento de la Reconciliación

1) Sacramento de la Reconciliación, regalo de Dios a la Iglesia.

    Hace 30 años, sobre todo en las catequesis de infancia de nuestras parroquias, se denominaba al sacramento de la Reconciliación, "sacramento de la Penitencia", y se le definía como aquel por el cual se nos perdonan los pecados cometidos desde la última confesión bien hecha.
Afortunadamente, en la actualidad, esto ha cambiado un poco. Por lo menos ya es más común denominarlo sacramento de la Reconciliación, lo que describe mejor su verdadero sentido, restaurar nuestra comunión con Dios, con los hermanos y con nosotros mismos, que el error y el pecado ha estropeado, interrumpido o destruido. Es decir, reconciliarnos con Dios, con los hermanos y con nosotros mismos.
     Debemos comenzar definiendo lo que significa la palabra sacramento. Sacramento quiere decir señal o signo sagrado, o lo que es lo mismo, signo del amor de Dios y de su presencia entre nosotros.
Estos signos que Dios nos ha regalado en su Iglesia, son siete, divididos en tres grupos según el efecto que causan en nosotros. Sacramentos de Iniciación ( Bautismo, Eucaristía y Confirmación) que son los que nos introducen en la Iglesia y nos capacita para ser cristianos adultos, Sacramentos de Curación (Unción de Enfermos y Reconciliación) que son los que curan nuestro interior de las heridas producidas por el pecado y nos fortalecen en la enfermedad y en el momento de la partida hacia la Casa del Padre, Sacramentos de Servicio (Orden Sacerdotal y Matrimonio) por medio de los cuales somos capaces de poner nuestras vidas al servicio de los demás como pastores de la Iglesia o personas que se unen para formar una familia.
     Los sacramentos nacen del misterio pascual de Jesús, la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús.
El sacramento de la Reconciliación es un signo de curación y como ya hemos indicado, nos reconcilia con dios, con los hermanos y con nosotros mismos, restaurando la comunión que el mal y el pecado estropea, interrumpe o destruye.
     Este sacramento fue instituido por Jesús el primer día de la semana, el mismo día de la Resurrección. En este punto sería conveniente que leyeras con detenimiento Jn 20, 19-23, puesto que no es un invento de la Iglesia. Al instituirlo, Jesús nos regala el perdón de Dios Padre, pero no de cualquier manera, sino por medio de la Iglesia. Él mismo indicó a sus apóstoles que recibieran al Espíritu Santo, a quienes les perdonen los pecado les quedan perdonados y a quienes se los retengan les quedan retenidos. Jesús dio a sus discípulos, a si Iglesia, la capacidad de perdonar los pecados en su nombre, no es la Iglesia quien perdona, sino Dios Padre en Jesucristo por medio de ella.La Iglesia es solamente el puente a través del cual se derrama la misericordia de Dios que ha venido a traernos Jesús. Por tanto, son del todo equivocadas expresiones como <confesarse es un invento de la Iglesia>,<yo me confieso con Dios>, <al cura no le interesa mi vida> o <el cura es más pecador que yo>. Este sacramento es un invento de Jesús, por lo que todos los cristianos están llamados a recibirlo, porque él así lo ha dicho, y a indicado la manera de hacerlo, por medio de la Iglesia. El poner nuestra vida delante de Dios y pedirle perdón por nuestros errores, es algo que debemos hacer cada día y que además es muy sano, pero no sustituye a este sacramento, que solo puede ser administrado por un sacerdote. El sacerdote, en el momento del sacramento, no actúa por si mismo sino In persona Christi, en nombre de Cristo, quien nos acoge, nos escucha, nos mira, nos habla, nos perdona y nos bendice es el mismo Jesús a través de él, que se presta solo como medio, como puente. Y si es Jesús el que está junto a nosotros en el momento del sacramento, no tendrá otro interés que el acogernos con amor, perdonarnos, corregirnos con misericordia y devolvernos la paz. Como Jesús esta en el Sagrario, silencioso y discreto, así también es en el sacramento. El sacerdote que actúa en su nombre, está obligado por el llamado Sigilo sacramental, a mantener en secreto lo que escucha y no repetirlo jamás. Por todo ello, no debemos mostrar ningún tipo de miedo, vergüenza o reparo, en acudir a este sacramento.
     Debemos de tener en cuenta que el amor, el perdón y la misericordia de Dios no tienen límite, y de la misma manera debe ser ilimitada nuestra confianza en él, los extremos nunca son buenos, ni confesarnos cada día o cada semana, ni confesarnos dos veces en toda nuestra vida. Es conveniente buscar el equilibrio. La Iglesia manda confesarse al menos una vez al año, si se está en peligro de muerte o si se va a comulgar después de mucho tiempo. Pero esto sólo debe ser tomado como una orientación, la relación de cada persona con Dios es única, y por lo tanto diferente. Por lo que no se puede establecer una regla común para todo. Es tarea de cada uno descubrir su necesidad de acudir al sacramento de la Reconciliación. Para ello la mejor herramienta es la oración, que nos ayudará a ir contemplando y revisando nuestra vida desde la mirada y el corazón de Dios.
En nuestra vida cotidiana, antes de realizar cualquier actividad (comida, viaje, etc.), dedicamos un tiempo a su preparación, no la realizamos sin más, sino que nos detenemos a pensar en las cosas que necesitamos preparar para poder realizar dicha actividad, y que todo resulte como esperamos, pudiendo evitar cualquier contratiempo.
     También los sacramentos, como signos sagrados, con mucha más razón, requieren una debida preparación de cara a su celebración. La Iglesia nos indica cinco pasos para preparar bien y concientemente la celebración del sacramento de la Reconciliación:
- Examen de conciencia: Examinar, revisar nuestra vida a la luz del Señor, para descubrir en ella aquellos aspectos que nos alejan de Dios, de nosotros mismos y de nuestros hermanos.
- Dolor de los pecados: reconocer con humildad que no siempre somos capaces de responder con amor al amor infinito de Dios, sin castigarnos y dramatizar, sino sabiendo que Dios nos conoce y cuenta con nuestras debilidades y limitaciones porque nos ama tal y como somos.
- Propósito de la enmienda: enmendar, remendar, arreglar en nuestra vida aquello que nos ha hecho perder la sintonía con Dios, con nosotros y los hermanos, pero no confiando en nuestras fuerzas, sino apoyados en la fortaleza y gracia de Dios.
- Decir los pecados al sacerdote: acto propio de confesarse, sin ningún tipo de miedo o vergüenza, por las razones anteriormente compartidas.
- Cumplir la penitencia, o como a mi me gusta decir, dar gracias al Señor por el perdón y la misericordia recibido. Pues en realidad es de eso de lo que se trata, y no de cumplir un castigo o una pena, que es lo que da a entender la palabra penitencia. Esto mediante una oración, una lectura de la Palabra de Dios, una determinada acción, etc, el sacerdote nos indicará como debemos dar gracias a Dios por su perdón y su misericordia. Si el sacerdote nos invita a hacer nada no quiere decir que no debamos dar gracia, sino que lo deja a nuestra libertad para que nosotros, poniéndonos delante de Dios, hagamos aquello que entendamos que le es agradable como acción de gracias.

   2. El sacramento de la Reconciliación, fruto de la verdadera devoción al corazón de Jesús.

     Muchos son los santos, como el Padre Pío y otros tantos, que han profesado, experimentado o compartido una profunda devoción al Corazón de Jesús. De entre todos ellos, destaca sin duda, Santa Margarita María de Alacoque, con la devoción de los nueve primeros viernes. En nuestro tiempo no han dejado de surgir nuevas formas de expresar la devoción al Corazón de Cristo, como por ejemplo la devoción a la Divina Misericordia.
     Pero la verdadera devoción al Corazón de Jesús es la misma devoción de la propia Iglesia, de la cual nace todas las formas particulares de expresarla. Te ofrezco a continuación algunos textos de la Palabra de Dios que describen como es el corazón de Dios y como es su amor, que se manifestado en Jesús: Jn 13, 21-25: en la Última Cena, Juan el discípulo amado se inclina sobre el pecho de Jesús, característica de la misma devoción al corazón de Cristo, apoyarse y abandonarse en él, como puerta siempre abierta del corazón del Padre. Las Puertas de la Misericordia de nuestras catedrales y basílicas, la puerta de la Misericordia de Dios, el corazón de su hijo, está siempre abierta), Jn 19, 25-27: el amor del Corazón de Jesús no es exclusivo de una determinada religión o grupo, sino que se extiende a toda la humanidad. Cuando en la cruz entregó su madre al discípulo amado, no la llamó por su nombre María, sino que la llamó mujer, para escenificar que ya no solo le pertenecía a él como madre, sino que pertenece como madre a toda la humanidad. Desde nuestros primeros padres Adán y Eva hasta cada uno de nosotros, representada en el discípulo amado.Jn 19, 31-34: del costado abierto de Jesús brotó agua y sangre. Su corazón es un manantial inagotable de agua viva, al que todos estamos llamados a acercarnos para calmar la sed que las cosas del mundo no consiguen apagar. El corazón abierto es la fuente del bautismo.
Lc 15, 1-32: en las parábolas de la misericordia (El hijo pródigo, La oveja perdida y La moneda perdida) encontramos dos nuevas características del amor de Dios mostrado en Jesús. Dios nos ama a cada uno de forma personal, no de forma genérica, de forma única e irrepetible. De ahí que en las parábolas se hable de uno de los hijos, una de las ovejas y una moneda. La alegría de Dios por la cercanía de cada uno de sus hijos, por su conversión, es también personal, única e irrepetible, como se expresa en las parábolas: <<Este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, preparemos un banquete de fiestas porque lo hemos encontrado>>, <<Tomo sobre sus hombros la oveja perdida e hizo una fiesta con sus vecino y conocidos por haberla encontrado, <<Compartió su alegría por haber recuperado la moneda que se le había perdido>>. El amor de Dios y su alegría por cada uno de nosotros es único, como el amor de una madre por cada uno de sus hijos. San Juan Pablo II dijo en una ocasión como forma de expresar esta realidad, que una madre no pare cinco hijos, sino que pare un hijo cinco veces.Hch 9: el amor del Corazón de Jesús es un amor que se preocupa por sus hermanos, por la humanidad. Cuando Saulo se encuentra con Jesús por el camino de Damasco y le pregunta que por qué lo persigue, añade <<Soy Jesús a quien tú persigues>>. Evidentemente Saulo no perseguía a Jesús, que ya había subido al cielo, sino perseguía a los cristianos, los discipulos de Jesús. Por tanto el corazón de cristo es un corazón preocupado e identificado con el corazón de las personas.Flp 2,5: este breve y profundo versículo de la carta de Pablo a los Filipenses, resume de forma extraordinaria cual debe ser el sentido y la finalidad de la verdadera devoción al Corazón de Jesús, tener en nosotros los mismos sentimientos que él, su misma mirada, su misma escucha, sus mismas palabras, sus mismos gestos y su mismo amor. A la hora de revisar como estamos viviendo nuestra devoción al Corazón de Cristo, este breve versículo es sin duda la mejor luz.Mt 25, 31-46: la verdadera devoción al Corazón de Jesús después de llevarnos a una profunda conversión, haciendo nuestra vida lo más idéntica a la suya, debe tener alguna consecuencia la contemplación y entrega a los hermanos expresada mediante las Obras de Misericordia, que enumera el Evangelio de Mateo, por medio de muchísimas otras que pueden estar a nuestro alcance para buscar siempre el bien de los hermanos, que es a fin de cuenta buscar también nuestro bien.

3. Lo que dice la Iglesia sobre el sacramento de la Reconciliación   
Como ejemplo de lo mucho que ha dicho el Magisterio de la Iglesia acerca de este sacramento, comparto algunos textos escritos en distintos momentos de los últimos 55 años cuya lectura te puede ayudar a tu reflexión, aprendizaje y formación.
- Según el Catecismo
- Según el Concilio Vaticano II
- Según el Sinodo de Canarias (art. 553-554)
- Según Misericordiae Vultus (punto 22)   
Aunque cualquier momento del Año Litúrgico es bueno para celebrar este sacramento, la Cuaresma y la Semana Santa es un momento especialmente fuerte para recibir el perdón de Dios y experimentar su misericordia, y así poder vivir plenamente la alegría de la Pascua. Tanto si celebras este sacramento con mas o menos frecuencia como en pocas veces en tu vida, te invito a hacer ahora o al menos a tomarlo en consideración.
     <<Dios, Padre misericordioso, que reconcilió consigo al mundo por la muerte y la resurrección de su Hijo y derramó el Espíritu Santo para la remisión de los pecados, te conceda, por el ministerio de la Iglesia, el perdón y la paz.>>

Por Sofía Calderín.
Redactora de la Hoja Parroquial.

martes, 28 de febrero de 2017

Cuaresma 2017: tu Cuaresma, mi Cuaresma.


      Nos disponemos a comenzar a vivir el tiempo de Cuaresma, que nos llevará hasta la conmemoración del misterio central de nuestra fe, la Muerte y Resurrección de Jesús. La Cuaresma es el camino que nos conduce de la oscuridad a la luz, pasando por la prueba de la cruz. Deseo compartir con todos los que nos siguen mi reflexión y mi experiencia personal de vivencia de este tiempo fuerte en la vida de la Iglesia desde tres aspecto:  la liturgia, la espiritualidad y la Palabra de Dios.

La liturgia:
     Comienza el segundo gran ciclo del Año Cristiano, el ciclo de la Resurrección, que tiene tres momentos: la preparación, tiempo de Cuaresma, la celebración, Triduo Pascual y Pascua, y la prolongación, Pentecostés. Comenzamos ahora a vivir y celebrar el primer momento de este ciclo, el tiempo de Cuaresma, que comienza con la celebración del Miércoles de Ceniza y termina el Sábado V de Cuaresma, víspera del Domingo de Ramos. Durante este tiempo litúrgico se omite el Gloria y el Aleluya en la celebración de la Eucaristía, desaparece de nuestros templos y lugares de culto las flores y otros elementos ornamentales, excepto en el Sagrario, se cierra la fuente bautismal hasta su bendición en la Vigilia Pascual y se retira el Cirio Pascual, que sólo estará presente en las celebraciones exequiales. Los ornamentos litúrgicos son de color morado durante este tiempo. Todos estos signos tienen como finalidad invitarnos a la austeridad y el recogimiento, que nos ayuda a poner nuestra vida delante de Dios sin que nada pueda distraernos en nuestro encuentro con él, y a tener una actitud de humildad que nos ayude a descubrirnos necesitados de Dios y de su perdón. Todos estos signos litúrgicos cuaresmales son sustituidos por la luz, las flores, los cantos de alegría y el color blanco en la Solemnidad de San José, el 19 de marzo.

La espiritualidad:
    La liturgia, además de que ha definido al Adviento como tiempo de esperanza, define a la Cuaresma como tiempo de conversión. Convertirse en cristiano no es transformarse en otra cosa, o dejar de ser quienes somos para convertirnos en otras personas. Convertirse en cristiano significa que nuestra vida se vaya pareciendo, cada vez más, a la vida de Dios. Cuando hablo de esto, me gusta poner siempre un ejemplo que ilustra siempre la idea de la conversión. Se trata del cartel del pasado Jubileo de la Misericordia, en el que aparece Jesús llevando a hombros a una persona, como el pastor que carga con su oveja. Sus rostros están muy juntos, tanto, que uno de los ojos de Jesús y uno de los ojos de la persona son el mismo ojo. Jesús y nosotros, nosotros y  Jesús, debemos tener la misma mirada, su vida y la nuestra deben estar en la misma sintonía. Eso es la conversión. A ella estamos llamados cada uno en nuestras vidas y en todos los momentos del año litúrgico, aunque la Iglesia nos invita a ella de una forma especial durante la Cuaresma. Para que pueda producirse en nosotros la experiencia de la conversión, primero tiene que producirse la experiencia del encuentro con Dios, y para ello, debemos dedicar algún tiempo a hacer silencio. No solo silencio físico, que también, sino a silenciar en nuestra vida todo aquello que pueda interrumpir, dificultar o impedir nuestra experiencia de encuentro con Dios y nuestra experiencia de conversión.
Para vivir nuestro encuentro con Dios en el silencio de nuestra vida, la Iglesia nos invita en la Cuaresma a fijarnos en Jesús, que al comienzo de su misión se retiró al desierto donde nada podía distraerlo, para encontrarse con Dios y escucharlo. Dice el Evangelio que permaneció allí durante 40 días. Aunque debemos tener en cuenta que en la Sagrada Escritura los números son siempre simbólicos, 40 significa un periodo de tiempo. Podemos decir por tanto, que vivir la Cuaresma es nuestro deseo de encontrarnos con Dios en el silencio, así como Jesús se retiró al desierto para encontrarse con él y permaneció allí durante un tiempo.
De nuestra experiencia con Dios nace necesariamente el deseo de conversión. El mismo Jesús nos indica como llevarla a cabo desde tres aspecto. Nuestra relación con Dios por medio de la oración, dedicando cada día un tiempo, o un poco más del que ya dedicamos, a dialogar con el Señor, intentando que nuestra oración sea en su mayor parte espontánea, brote del corazón y expresada con nuestras propias palabras, que por medio de fórmulas establecidas, memorizadas y repetidas, que sin dejar de estar bien, se convierten a veces más en un monólogo que un diálogo entre Dios y nosotros. Nuestra relación con nosotros mismo, por medio del sacrificio, al que Jesús llama ayuno, pero que abarca un amplio abanico de posibilidades de sacrificios que podemos hacer encaminados, sobre todo, encaminados a educarnos y frenarnos a nosotros mismos, y a mantenernos lo más alejados posible del pecado. Nuestra relación con los demás, por medio del compartir, que Jesús lo llama limosna, pero lo que podemos compartir con los demás va desde nuestras posibilidades materiales, nuestro tiempo, nuestro consejo, hasta una simple sonrisa. Conviene recordar que compartir significa partir con el otro, darle de lo mismo que tú tienes para ti, y no de lo que te sobra.
Recordemos la espiritualidad de la Cuaresma tiene como tarea ayudarnos a vivir nuestra tarea del encuentro con Dios en el silencio de nuestra vida, y a ayudarnos a realizar nuestra experiencia de conversión revisándonos a la luz de nuestra relación con Dios, con nosotros mismos y con los demás.

La Palabra de Dios:
     El itinerario que la Palabra de Dios nos propone para esta Cuaresma, del Ciclo A, comienza el Miércoles de Ceniza con la invitación al encuentro con Dios y a la conversión. El primer Domingo de la Cuaresma que nos recuerda que la realidad de la tentación con el pecado está presente cada día desde el comienzo hasta el final de nuestra vida, pero frente a esa realidad se sitúa también la del amor, la misericordia, la fortaleza y la gracia de Dios.  El segundo Domingo de Cuaresma se nos muestra el misterio de la Transfiguración, que pone ante nuestros ojos la gloria a la que estamos llamados y la advertencia de que esa gloria tiene que pasar necesariamente por el misterio de la Cruz. En los últimos tres domingos el Evangelio nos presenta una catequesis bautismal, la Cuaresma era el tiempo en el que los catecúmenos, los adultos que no habían sido bautizados, se preparaban para recibir el bautismo en la noche de la Pascua. Nosotros, los que ya estamos bautizados, nos preparamos para renovar esa noche nuestro bautismo. Durante esos tres domingos el Evangelio nos irá presentando los signos más importantes de nuestro bautismo: el agua y el espíritu, que son fuentes de nuestra vida, vida que estamos llamados a cuidar nosotros, y a comunicar a los demás la luz, signo de que estamos resucitados, que estamos llamados a acrecentar y a llevarla a los demás, y la Resurrección, que es la nueva vida de los hijos de Dios, que estamos llamados a vivir y a dar testimonio de ello.

    Te invito a vivir con intensidad y profundidad esta Cuaresma, que no sea la repetición anual de una serie de ritos, sino que verdaderamente sea nueva. Que la Cuaresma 2017 sea tu Cuaresma, mi Cuaresma.

Por Sofía Calderín.
Redactora de la Hoja Parroquial.

viernes, 10 de febrero de 2017

"Estuve enfermo..."

     Al final del Sermón de la Montaña, Jesús habla del juicio de Dios, el juicio del amor al que todos seremos llamados, seremos juzgados desde la misericordia de Dios, pero también en el amor que hayamos sido capaces de dar. Jesús va enumerando una serie de acciones que la Iglesia junto con otra las ha llamado Obras de Misericordia. La Iglesia divide estas Obras en: Espirituales y Corporales. Las Espirituales son: Enseñar al que no sabe, Dar buen consejo al que lo necesita, Corregir al que se equivoca, Perdonar al que nos ofende, Consolar al triste, Sufrir con paciencia los defectos del prójimo y Rezar a Dios por los vivos y por los difuntos. Y las Corporales son: Visitar a los enfermos, Dar de comer al hambriento, Dar de beber al sediento, Dar posada al peregrino, Vestir al desnudo, Visitar a los presos y Enterrar a los difuntos.

     Estas obras son solo un ejemplo de las numerosas que podemos hacer para vivir y transmitir la Misericordia de Dios. El Evangelio de San Mateo presenta así esa última parte del Sermón de la Montaña (Mt 25, 31-46):
"31 Y cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria y todos los santos ángeles con él, entonces se sentará sobre el trono de su gloria. 32 Y serán reunidas delante de él todas las naciones; entonces apartará los unos de los otros, como aparta el pastor las ovejas de los cabritos. 33 Y pondrá las ovejas a su derecha, y los cabritos a la izquierda. 34 Entonces el Rey dirá a los que estén a su derecha: Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo.
35 Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; 36 estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; estuve en la cárcel, y vinisteis a mí. 37 Entonces los justos le responderán, diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te sustentamos?, ¿o sediento y te dimos de beber? 38 ¿Y cuándo te vimos forastero y te recogimos?, ¿o desnudo y te cubrimos? 39 ¿O cuándo te vimos enfermo o en la cárcel, y fuimos a verte?
40 Y respondiendo el Rey, les dirá: De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos, mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis. 41 Entonces dirá también a los que estén a la izquierda: Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. 42 Porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber; 43 fui forastero, y no me recogisteis; estuve desnudo, y no me cubristeis; enfermo y en la cárcel, y no me visitasteis. 44 Entonces también ellos le responderán, diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, o sediento, o forastero, o desnudo, o enfermo o en la cárcel, y no te servimos? 45 Entonces les responderá, diciendo: De cierto os digo que en cuanto no lo hicisteis a uno de estos más pequeños, tampoco a mí lo hicisteis. 46 E irán estos al tormento eterno, y los justos a la vida eterna."

    Quiero centrar mi reflexión y compartir con todos los que nos siguen mi experiencia personal, de vivencia, de una de esas Obras de Misericordia, Visitar a los enfermos, a lo que la Iglesia nombra de esta forma, pero que en realidad tiene un contenido, un sentido y un significado mucho más profundo. Desde mañana, 11 de febrero, Fiesta de Ntra. Sra. de Lourdes, la madre de los enfermos, hasta el próximo 21 de mayo, VI Domingo de Pascua, la Pascua del Enfermo, la Iglesia dedicará estas semanas a reflexionar, a ayudar a tomar conciencia y a orar con mayor intensidad, en torno a la realidad de los enfermos, a través de la Pastoral de la Salud, en España con el lema: "Salud para ti, salud para tu casa" (1 Sam 25, 6).

     Desde hace algunos años estoy plenamente inmersa en el mundo del enfermo. A partir de un determinado momento, visitar a conocidos enfermos en hospitales, clínicas o en sus propios domicilios, e incluso acudir yo misma al hospital a la consulta de algún especialista, comenzó a tener para mi un sentido muy diferente al que hasta el momento había tenido, la simple visita por cortesía o como fruto de mi vivencia de la fe. Desde entonces, empecé a darme cuenta de que mis momentos junto al enfermo no podían quedar reducido solo a permanecer sentada frente a su cama durante un breve tiempo, o en  la sala de un hospital como una simple espectadora de lo que allí ocurría. Empecé a sentir la necesidad de formar parte de ello de forma activa. En esa necesidad reconocí que lo que sentía no era solo la simpatía por una actividad que me podría servir como medio para ganarme la vida, sino que era mucho más que eso, una vocación, una llamada de Dios. Es verdad que en ese servicio Dios me estaba regalando también un medio de vida, pero me regalaba, sobre todo, la oportunidad de ser el puente y el camino que le acercara a él como buen samaritano a la cama del enfermo, y que acercara al enfermo, al que es, salud, consuelo y esperanza.
En ese momento, cuando comenté en mi casa que quería ser cuidadora de enfermos, mi familia no lo entendió ni lo aceptó, al contrario. Entonces decidí dejar pasar un tiempo sabiendo, que si era verdaderamente una llamada de Dios como yo creía que había sentido, él pondría los medios para que yo pudiera llevar a cabo la misión que me estaba pidiendo. Después de unos pocos meses sin volver a mencionar el tema en mi casa, de forma inesperada, me ofrecieron mi primer servicio, y de forma más inesperada todavía, en mi casa lo tomaron de una manera más natural.
De los años que llevo realizando este servicio, y de entre las muchas cosas buenas que he podido vivir y aprender en él, destaco dos: en primer lugar, todos los enfermos, desde el más leve hasta el más grave, sea cual sea su raza, religión o nivel cultural, son siempre una escuela, una fuente inagotable de sabiduría; en segundo lugar, tengo la oportunidad de, además de en la misa, poder acercarme al Calvario a consolar a Jesús crucificado, en la cama del enfermo. Además de todo esto, tengo que mencionar la experiencia con los sanitarios, el resto del personal de los centros en los que he trabajado, y por supuesto, con las familias de los enfermos, que en mi caso ha sido siempre una experiencia gratificante y enriquecedora de respeto y agradecimiento mutuo.
     No quiero acabar este testimonio personal sin subrayar, para que quede bien claro, que el servicio que realizo en el mundo den enfermo es, y ha sido siempre para mi, una vocación. Es verdad que en él he encontrado también un modo para ganarme la vida, pero he encontrado ante todo, una llamada de Dios a realizar un servicio, en el que lo menos importante para mi, por no decir lo que no importa, es el tiempo y el dinero. Lo realmente importante son las personas a las que atiendo y en las que veo cada día el rostro de Jesús. Digo esto, porque no hace mucho tiempo, dos personas que dicen ser mis amigos me dijeron que lo que yo realizo no puede considerarse un servicio, sino un trabajo ya que pagan por ello. La misma Palabra de Dios nos enseña que el sustento hay que ganarlo trabajando, y que todo el que trabaja merece su salario. La clave está en lo que nos motiva a hacer  nuestro trabajo, si es solo el interés material, o es el amor y la misericordia que Dios ha tenido con nosotros para enseñarnos a tenerla con los demás. La diferencia entre trabajar y servir con nuestro trabajo está en el amor con que lo hagamos.
    Durante estas semanas, te invito a tener presente a todos los enfermos, a los tuyos y a los que no conoces, a las familias, a los cuidadores, al personal sanitario y a los servicios de Pastoral Vocacional y de Salud, que son la luz, el consuelo y la esperanza de Dios por medio de su Iglesia.

Sofía Calderín.
Redactora de la Hoja Parroquial.

    

miércoles, 18 de enero de 2017

"Que los católicos sean uno..."

    Junto con el Papa y toda la Iglesia, los católicos estamos rezando estos días para que sea posible la unidad de todos los cristianos, atendiendo al deseo del mismo Jesús expresado en su oración la víspera de su entrega: " Que todos sean uno" (Jn 17, 21).
     Pero, ¿cómo podemos pretender alcanzar la unidad entre las diferentes ramas de la familia cristiana, cuando dentro de la nuestra propia, la Católica, existen numerosas divisiones? 
Entre los miembros de la misma Iglesia Católica nos empeñamos en ver determinados aspectos de la vida de las personas según nuestra propia óptica, y tratamos de imponer nuestros propios criterios y soluciones que casi nunca son los de Dios, porque ni nuestra mirada es la mirada de Dios ni nuestro corazón es el suyo, aunque a eso estemos llamados. 
    ¿Cómo podemos pretender caminar junto a los hermanos de otras confesiones cristianas cuando ni siquiera entre nosotros, los católicos, somos capaces de hacerlo?  
Nos encerramos en nuestras conferencias episcopales, archidiócesis, diócesis, arciprestazgos, parroquias, congregaciones, grupos y movimientos, y establecemos fronteras de nuestra misma Iglesia, a la que en el Credo confesamos como unida y universal, y de la que estamos tan seguros que es la única y verdadera Iglesia de Jesucristo. Si entre nosotros mismos, los católicos, no somos capaces de poner en valor todo lo que nos une, sino nos centramos en poner el acento en aquello que nos separa, ¿cómo vamos a hacer capaces de descubrir, valorar y dar la importancia que merece a todo lo que tenemos en común con nuestros hermanos de las demás confesiones cristianas? 
En estos días, junto con la oración que nos propone tanto el Santo Padre como nuestra Iglesia de España para pedir la unidad de todos los cristianos, nuestra oración personal puede ser esta:

"Señor, que tú y yo seamos uno, que tú y mi familia sean uno, que tu y mi barrio, mi pueblo,
mi ciudad y mi país, sean uno. Que tú y tu Iglesia Católica, seamos uno. Solo así, podremos ponernos manos a la obra y comenzar a trabajar para construir el camino de la unidad entre todos los hermanos de tu hijo Jesús. Amén."

Por Sofía Calderín. 
Redactora de la Hoja Parroquial.

sábado, 26 de noviembre de 2016

Tiempo de Adviento: el Dios que viene, que llega y que se encuentra con nosotros.

     Con la llegada del Adviento que comenzamos a vivir este fin de semana, en nuestra Diócesis de Canarias con el lema: "¡Jesús viene a celebrar con nosotros!", la Iglesia inicia un nuevo año litúrgico. Podemos decir por tanto, que este fin de semana comenzamos la andadura de un nuevo año cristiano, una nueva oportunidad que Dios nos regala para conmemorar la vida de Jesús y poner nuestra vida en sintonía con la suya. Feliz Año Nuevo Cristiano a todos. 
     El año litúrgico junto con las treinta y cuatro semana del Tiempo Ordinario consta de dos grandes ciclos, el ciclo de la Manifestación y el ciclo de la Resurrección, cada uno de ellos tiene tres momentos: preparación, celebración y prolongación; así el ciclo de la Manifestación que comenzaremos a celebrar desde este fin de semana tiene su preparación en el tiempo de Adviento, los cuatro domingos que preceden a la celebración del nacimiento de Jesús, su celebración en el tiempo de Navidad propiamente dicho. Y su prolongación en la Epifanía o Manifestación del Señor.

Los signos litúrgicos del Adviento. 
     Comienzo de un nuevo ciclo de lecturas de la Palabra que se proclaman en la celebración de la Eucaristía, este año el Ciclo A "impar" en el que nos acompañará el evangelio de San Mateo, se omite el Gloria y el Aleluya en la celebración de la Eucaristía, como signo de la espera de la explosión de alegría de la Navidad, a excepción de la Solemnidad de la Inmaculada Concepción, sobriedad en los templos y lugares de culto con ausencia de flores, excepto en el Sagrario, y elementos decorativos que nos puedan distraer del verdadero sentido del momento litúrgico que celebramos, y que contrastará con el colorido de la Navidad, a excepción de la Solemnidad de la Inmaculada Concepción. El color morado de los ornamentos litúrgicos nos recuerda que estamos en un tiempo fuerte propicio para ser más lento nuestro ritmo y dedicarnos un tiempo a nosotros mismos para descubrir aquello que debemos mejorar o desterrar de nuestra vida acudiendo a la misericordia de Dios en la reconciliación, a excepción de Solemnidad de la Inmaculada Concepción.
    El signo litúrgico del Adviento por excelencia es la corona, que procede de una antigua costumbre pagana de encender velas durante el invierno para atraer la vuelta del sol y del calor, y que los misioneros cristianos aprovecharon para enseñar al pueblo a encender luces como preparación a la celebración del nacimiento de Jesús. La corona de Adviento se compone de cuatro velas que se van encendiendo cada semana y que nos recuerdan que Dios ha ido iluminando cada una de las etapas de la historia de la salvación hasta llegar a Jesucristo, luz sobre toda luz. El primer domingo se enciende la vela de color azul o morada, que nos recuerda que debemos mantenernos despiertos y atentos a los signos de la presencia de Dios en nuestra vida, el segundo domingo la vela de color verde que representa la esperanza, el tercer domingo la vela roja o rosa que representa la alegría y el cuarto domingo la vela blanca que simboliza la presencia y cercanía de Dios. Aunque lo hayas hecho en el templo o lugar de culto con tu comunidad, te invito a realizar el signo de la corona en tu casa preferentemente con tu familia y a hacer el gesto del encendido de las velas junto con la oración de cada domingo. Te ayudará a interiorizarlo más y mejor.


Adviento: encuentro y esperanza.
     Tradicionalmente la liturgia ha definido al Adviento como los cuatro domingos que preceden a la celebración del nacimiento de Jesús y como tiempo de esperanza, con toda razón y pleno sentido. Con la luz del espíritu santo, apoyada en la Palabra y en la liturgia, y desde la experiencia de mi relación con Dios, mi experiencia personal, que me resulta iluminadora en mi día a día y que ahora deseo compartir con todos los que nos siguen por si pudiera servirle a alguien como herramienta sencilla que le ayude a crecer y enriquecerse personal y espiritualmente, me dice que quedarse en esas definiciones, y más aún tomarlas solo como algo teórico, llevarlas a la práctica en la vida es signo de una fe y una espiritualidad que se ha quedado en lo infantil. Adviento significa venida, toda venida trae como consecuencia una llegada, toda llegada implica necesariamente un encuentro. Adviento es el Dios que viene, que llega, que se encuentra con las personas desde el momento mismo de la creación: en nuestros primeros padres Adán y Eva a quienes entrega todo lo creado; en Noé, por medio del cual realiza la "segunda creación" nacida de las aguas del diluvio, signo del bautismo; en Abrahám, el Creyente, del cual descendió el pueblo elegido; en Moisés, escogido para ser pasar al pueblo de Dios de la esclavitud a la libertad; en los profetas, por medio de los cuales fue guiando y conduciendo al pueblo a través de los siglos, hasta que cuando se cumplió el tiempo quiso encontrarse cara a cara con la humanidad en Jesús para mostrarnos su rostro misericordioso.
      Dios se sigue encontrando hoy con cada uno de nosotros en la Iglesia, a través de la Palabra, cuyo centro es el Evangelio, y de los sacramentos, de forma especial en la Eucaristía y en la Reconciliación; en cada acontecimiento y circunstancia de nuestra vida, y en cada persona que nos rodea, especialmente en los más necesitados, para abrir en cada uno de nosotros camino de esperanza que nos conducen al encuentro definitivo con él. 
     Por tanto, ¿cómo podemos pretender que algo tan grande, maravilloso y profundo como el amor y la misericordia de Dios queden reducidos a cuatro semanas al año? Al final de mi reflexión me queda una palabra a modo de resumen: SIEMPRE. ADVIENTO es SIEMPRE. SIEMPRE es ADVIENTO.
   
María, madre del Adviento, del encuentro y de la esperanza.
     Aunque tradicionalmente la Iglesia le consagre el mes de mayo, el tiempo litúrgico en el que María adquiere una relevancia especial, después de Jesús, es sin duda el Adviento. María supo como nadie descubrir la venida, la llegada y el encuentro de Dios con su pueblo y con ella misma para renovar y fortalecer su esperanza. A ella le pedimos al comenzar el Adviento que nos ayude a saber descubrirlo también nosotros en nuestra vida.

Por Sofía Calderín.
Redactora de la Hoja Parroquial.